Hace 9 meses
jueves, 29 de julio de 2010
domingo, 6 de junio de 2010
Los días
Los días pasan pero la angustia queda, y así una hora tras otra, una noche tras otra noche te seducen demasiadas ideas. Y esperas, porque alguien te dijo que había que esperar y que la esperanza es lo último que se pierde, que ese nudo en algún momento desaparezca, y desaparece pero antes se transforma en una calma gris que te ralentiza poco a poco hasta hacerte pararte, hasta hacer que tus piernas se sientan tan pesadas que ya no quieran andar más. Y ya no sabes lo que quieres y ni si quiera quien eres, sólo te das cuenta de que te has convertido en aquello que nunca quisiste para ti y te preguntas si en el fondo no había más remedio o si en algún momento pudiste hacer algo para pararlo. Pero que más da, ya no puedes hacer otra cosa que sentarte a esperar deseando que algún momento algo te provoque de tal manera que las ganas de levantarte sean instantáneas. Miras hacia atrás y los días han sido pocos, miras hacia delante y quedan demasiados y ya no necesitas tantos, qué lástima que no los puedas colocar en los momentos que quieras. Y llega un sábado por la noche y no te queda otra cosa mejor que hacer que beberte una copa de vino tinto, encender la tele para no sentirte solo y fumarte un cigarrillo... y así de ahora en adelante...
sábado, 29 de mayo de 2010
"To remember and let go" (El final de Lost)
He tardado prácticamente una semana en hablar de Lost, por aquello de que los que no se levantaron el famoso 24 de mayo a las 6 de la mañana, no se sintiesen ofendidos por mi culpa al destriparles los entresijos del doble capítulo final. Pues bien, creo que ya han tenido tiempo suficiente para verlo y si no que paren aquí porque yo no tengo libro de reclamaciones.
Mi opinión en pocas palabras es que el final de mi serie de cabecera durante 6 años, que ahora me deja huérfano, es maravilloso. Ya sé que no responde a las grandes incógnitas, ya sé que roza lo cursi, ya sé que se les escapa un poco el misticismo de las manos... y qué. Si consiguieron que no despegara mis ojos de la pantalla, que sufriera cada vez que se congelaba la imagen o que se perdían los subtítulos, que se me saltaran las lágrimas con los reencuentros, que vibrase con las escenas de acción o que al cerrarse el ojo de Jack me quedara con ganas de más, el objetivo está cumplido con creces.
Está claro que la realidad alternativa no era más que una excusa para deleitarnos a todos con el romántico momento de los reencuentros y los recuerdos de unos personajes marcados por las relaciones que se establecieron en su paso por la isla. Si hubiesen prescindido de ella, la historia habría funcionado igualmente pero nos hubieran privado de la belleza nostálgica en la que por fin los personajes se dan cuenta de que el sufrimiento vivido en la isla había sido lo mejor que habían tenido en su vida. Comprendo las quejas de los que se engancharon a la serie por el tema científico y no sé muy bien qué esperaban. Cuando en el capítulo dedicado a Jacob queda más que patente que ni siquiera él sabe qué es la isla, sólo es consciente de que debe cuidarla porque tiene fe en lo que su madre adoptiva le contó, y cuando cede el testigo a Jack y posteriormente a Hugo, y éstos aceptan el cargo sin hacer preguntas porque por algún motivo la fe ha crecido en ellos, ya no hay nada más que esperar, es una incógnita que nos dejará espacio a nuestras propias interpretaciones. No entender esto es no entender la historia y el origen de las religiones, que en el fondo es lo que han hecho los creadores de Lost, crear una nueva religion en la que sus seguidores deben creer sin saber, de la misma manera que los cristianos creen en un Dios del que no saben su origen. Cualquier obra maestra de la Ciencia Ficción ha mezclado ciencia con religión, certaza con fe, o es que ya nadie recuerda el Lado Oscuro y la Fuerza o el misticismo de Matrix. Y esto es para mi Lost una obra maestra de la televisión, que no me regalaba momentos de placer tan inmensos desde la primera temporada de Twin Peaks.
Yo no necesito saber más de lo que me han contado porque sé lo mismo que saben Jack o Kate, e incluso que Jacob y con eso ya me doy con un canto en los dientes. Que algunos consiguen salir de la isla, que Hugo se quedará guardándola junto a Ben (el grandioso Michael Emmerson) y que Jack, se sacrifica como un Jesucristo moderno para salvar a los hombres. En mi memoria quedará para siempre la lucha en el acantilado de Jack y el falso Locke, el reencuentro de Sayid y Shannon, el beso de Jack y Kate, la angustia e inseguridad de Hugo cuando no le queda más remedio que ser el elegido, la explicación de Christian Shepard a su hijo sobre el lugar en el que se encuentra, que parece que nadie escuchó y mucho menos los supuestos seguidores de la serie que luego hicieron de contertulios en Las Mañanas de Cuatro demostrando que no se habían enterado de nada, y esa maravillosa música que lo envuelve todo y que apoya majestuosamente todos los momentos que guardaré para siempre. Me da igual si se hacen spin offs, o películas, o si introducen momentos adicionales en el dvd (que evidentemente veré), con esto para mi es suficiente.
Mi opinión en pocas palabras es que el final de mi serie de cabecera durante 6 años, que ahora me deja huérfano, es maravilloso. Ya sé que no responde a las grandes incógnitas, ya sé que roza lo cursi, ya sé que se les escapa un poco el misticismo de las manos... y qué. Si consiguieron que no despegara mis ojos de la pantalla, que sufriera cada vez que se congelaba la imagen o que se perdían los subtítulos, que se me saltaran las lágrimas con los reencuentros, que vibrase con las escenas de acción o que al cerrarse el ojo de Jack me quedara con ganas de más, el objetivo está cumplido con creces.
Está claro que la realidad alternativa no era más que una excusa para deleitarnos a todos con el romántico momento de los reencuentros y los recuerdos de unos personajes marcados por las relaciones que se establecieron en su paso por la isla. Si hubiesen prescindido de ella, la historia habría funcionado igualmente pero nos hubieran privado de la belleza nostálgica en la que por fin los personajes se dan cuenta de que el sufrimiento vivido en la isla había sido lo mejor que habían tenido en su vida. Comprendo las quejas de los que se engancharon a la serie por el tema científico y no sé muy bien qué esperaban. Cuando en el capítulo dedicado a Jacob queda más que patente que ni siquiera él sabe qué es la isla, sólo es consciente de que debe cuidarla porque tiene fe en lo que su madre adoptiva le contó, y cuando cede el testigo a Jack y posteriormente a Hugo, y éstos aceptan el cargo sin hacer preguntas porque por algún motivo la fe ha crecido en ellos, ya no hay nada más que esperar, es una incógnita que nos dejará espacio a nuestras propias interpretaciones. No entender esto es no entender la historia y el origen de las religiones, que en el fondo es lo que han hecho los creadores de Lost, crear una nueva religion en la que sus seguidores deben creer sin saber, de la misma manera que los cristianos creen en un Dios del que no saben su origen. Cualquier obra maestra de la Ciencia Ficción ha mezclado ciencia con religión, certaza con fe, o es que ya nadie recuerda el Lado Oscuro y la Fuerza o el misticismo de Matrix. Y esto es para mi Lost una obra maestra de la televisión, que no me regalaba momentos de placer tan inmensos desde la primera temporada de Twin Peaks.
Yo no necesito saber más de lo que me han contado porque sé lo mismo que saben Jack o Kate, e incluso que Jacob y con eso ya me doy con un canto en los dientes. Que algunos consiguen salir de la isla, que Hugo se quedará guardándola junto a Ben (el grandioso Michael Emmerson) y que Jack, se sacrifica como un Jesucristo moderno para salvar a los hombres. En mi memoria quedará para siempre la lucha en el acantilado de Jack y el falso Locke, el reencuentro de Sayid y Shannon, el beso de Jack y Kate, la angustia e inseguridad de Hugo cuando no le queda más remedio que ser el elegido, la explicación de Christian Shepard a su hijo sobre el lugar en el que se encuentra, que parece que nadie escuchó y mucho menos los supuestos seguidores de la serie que luego hicieron de contertulios en Las Mañanas de Cuatro demostrando que no se habían enterado de nada, y esa maravillosa música que lo envuelve todo y que apoya majestuosamente todos los momentos que guardaré para siempre. Me da igual si se hacen spin offs, o películas, o si introducen momentos adicionales en el dvd (que evidentemente veré), con esto para mi es suficiente.
viernes, 30 de abril de 2010
El Parque
http://zonaliteratura.com.ar/?page_id=895
El chico que se sentaba en el parque...
...todos los días, al salir de trabajar a las 3 de la tarde en una editorial como corrector, caminaba lentamente hasta El Retiro. Siempre se sentaba en el mismo sitio, en una amplia zona plana con pequeños árboles y césped frondoso. Debía rondar los 34, empezaba a perder el pelo aunque se empeñaba en disimularlo, tenía cierta intuición para vestir a la última, con aire clásico sin parecer amanerado y nunca se quitaba unas enormes gafas de pasta. El chico que se sentaba en el parque, se apoyaba en un tronco que siempre estaba a la sombra, abría un libro y empezaba a leer a buen ritmo, ese había sido siempre su propósito hasta que se dió cuenta de que todos los días sobre las 4, coincidía con el chico que montaba en bicicleta. La primera vez que le vió fue a contraluz, viniendo hacia él, con gafas de sol y el iPod puesto, pensó en lo ridículo que se vería a si mismo con aquella equipación completa compuesta de casco, mallas, coderas y rodilleras. Desde aquel día esperaba con su libro abierto la hora en que aparecía el chico que montaba en bicicleta y lo miraba de reojo, intentando no ser descubierto, fingiéndose concentrado en sus textos aunque no era capaz de hilar dos palabras seguidas. Se sentía solo desde hacía mucho tiempo pero se autoconvencía a sí mismo de que el amor no estaba hecho para él, a cada pedalada que daba el otro, su cabeza no dejaba de pensar en lo hermoso que era, pero a continuación se censuraba a sí mismo, creyéndose realista, un chico con un cuerpo atlético como aquel, aparentemente más joven, con esa inquietud deportista como se iba a fijar en alguien con aspecto de no mover un músculo, enclenque, con incipiente barriga y de poco firmeza. Así que un día...
El chico que montaba en bicicleta...
... a sus 26 años aún estudiaba para ser maestro de educación física y por las noches trabajaba de camarero en un bar para sobrevivir. Era rubio, tenía los ojos azules y porte de príncipe de cuento. Se levantaba a las 12 del mediodía y antes de ir a clase agarraba su bicicleta y volando en ella iba hasta El Retiro, al llegar allí conectaba su iPod, en el que no destacaba precisamente su gusto musical, ponía un pie en el pedal y daba vueltas sin ton ni son, sin repetir nunca la misma ruta y sin fijarse en nadie a menos que estuviese a punto de atropellarlo. Se veía a si mismo mayor para seguir estudiando y pensaba que probablemente nunca iba a llegar a nada, estaba cansado del continuo coqueteo de sus clientes, a los que no les interesaba nada más que por su bragueta, pero no aspiraba a más. Aquel día no tenía ganas de subir cuestas, la noche anterior había sido especialmente dura y estaba algo cansado, así que se dirigió a la zona más llana del Retiro y de repente vió al chico que se sentaba en el parque, leyendo, con sus gafas de pasta y su inminente alopecia y no pudo evitar pedalear hacia él atrapado por el imán de la curiosidad. A partir de aquel momento, a diario repetía la misma ruta, desde detrás de sus gafas de sol lo observaba sin ser visto y se dió cuenta de que el chico que se sentaba en el parque le miraba de reojo, muy serio, como con aire de desprecio. Porque cómo se iba a fijar en él alguien con pinta de haber viajado, de saber siempre de qué hablar, con esa seguridad en si mismo. Qué podría contarle él que sólo leía por obligación, que sólo veía películas de acción y que siempre callaba por no meter la pata. Aún así, no podía dejar de pasar a su lado, quería saber como olía y quería oir su voz. Así que un día...
...el chico que se sentaba en el parque decidió cambiar de parque, no podía soportar la inseguridad que le provocaba aquella atracción por alguien más bello que él, que le hacía sentir tan pequeño, su orgullo no se podía permitir aquella debilidad y prefirió irse con el cuento a otra parte, en donde no hubiese ningún chico que montase en bicicleta que le hiciera pensar que siempre iba a estar solo.
...el chico que montaba en bicicleta además de enfundarse las mallas se infundió de valor y decidió saludar al chico que se sentaba en el parque aún a riesgo de quedarse mudo y sufrir el desprecio del otro. Pedaleó con fuerza pero cuando llegó a aquel tronco no había nadie. Miró a un lado y a otro y decidió sentarse en el mismo sitio, pero el chico que se sentaba en el parque no apareció, de hecho ningún día apareció y a partir de aquel momento el chico que montaba en bicicleta pasó a ser el chico que esperaba en el parque.
...todos los días, al salir de trabajar a las 3 de la tarde en una editorial como corrector, caminaba lentamente hasta El Retiro. Siempre se sentaba en el mismo sitio, en una amplia zona plana con pequeños árboles y césped frondoso. Debía rondar los 34, empezaba a perder el pelo aunque se empeñaba en disimularlo, tenía cierta intuición para vestir a la última, con aire clásico sin parecer amanerado y nunca se quitaba unas enormes gafas de pasta. El chico que se sentaba en el parque, se apoyaba en un tronco que siempre estaba a la sombra, abría un libro y empezaba a leer a buen ritmo, ese había sido siempre su propósito hasta que se dió cuenta de que todos los días sobre las 4, coincidía con el chico que montaba en bicicleta. La primera vez que le vió fue a contraluz, viniendo hacia él, con gafas de sol y el iPod puesto, pensó en lo ridículo que se vería a si mismo con aquella equipación completa compuesta de casco, mallas, coderas y rodilleras. Desde aquel día esperaba con su libro abierto la hora en que aparecía el chico que montaba en bicicleta y lo miraba de reojo, intentando no ser descubierto, fingiéndose concentrado en sus textos aunque no era capaz de hilar dos palabras seguidas. Se sentía solo desde hacía mucho tiempo pero se autoconvencía a sí mismo de que el amor no estaba hecho para él, a cada pedalada que daba el otro, su cabeza no dejaba de pensar en lo hermoso que era, pero a continuación se censuraba a sí mismo, creyéndose realista, un chico con un cuerpo atlético como aquel, aparentemente más joven, con esa inquietud deportista como se iba a fijar en alguien con aspecto de no mover un músculo, enclenque, con incipiente barriga y de poco firmeza. Así que un día...
El chico que montaba en bicicleta...
... a sus 26 años aún estudiaba para ser maestro de educación física y por las noches trabajaba de camarero en un bar para sobrevivir. Era rubio, tenía los ojos azules y porte de príncipe de cuento. Se levantaba a las 12 del mediodía y antes de ir a clase agarraba su bicicleta y volando en ella iba hasta El Retiro, al llegar allí conectaba su iPod, en el que no destacaba precisamente su gusto musical, ponía un pie en el pedal y daba vueltas sin ton ni son, sin repetir nunca la misma ruta y sin fijarse en nadie a menos que estuviese a punto de atropellarlo. Se veía a si mismo mayor para seguir estudiando y pensaba que probablemente nunca iba a llegar a nada, estaba cansado del continuo coqueteo de sus clientes, a los que no les interesaba nada más que por su bragueta, pero no aspiraba a más. Aquel día no tenía ganas de subir cuestas, la noche anterior había sido especialmente dura y estaba algo cansado, así que se dirigió a la zona más llana del Retiro y de repente vió al chico que se sentaba en el parque, leyendo, con sus gafas de pasta y su inminente alopecia y no pudo evitar pedalear hacia él atrapado por el imán de la curiosidad. A partir de aquel momento, a diario repetía la misma ruta, desde detrás de sus gafas de sol lo observaba sin ser visto y se dió cuenta de que el chico que se sentaba en el parque le miraba de reojo, muy serio, como con aire de desprecio. Porque cómo se iba a fijar en él alguien con pinta de haber viajado, de saber siempre de qué hablar, con esa seguridad en si mismo. Qué podría contarle él que sólo leía por obligación, que sólo veía películas de acción y que siempre callaba por no meter la pata. Aún así, no podía dejar de pasar a su lado, quería saber como olía y quería oir su voz. Así que un día...
...el chico que se sentaba en el parque decidió cambiar de parque, no podía soportar la inseguridad que le provocaba aquella atracción por alguien más bello que él, que le hacía sentir tan pequeño, su orgullo no se podía permitir aquella debilidad y prefirió irse con el cuento a otra parte, en donde no hubiese ningún chico que montase en bicicleta que le hiciera pensar que siempre iba a estar solo.
...el chico que montaba en bicicleta además de enfundarse las mallas se infundió de valor y decidió saludar al chico que se sentaba en el parque aún a riesgo de quedarse mudo y sufrir el desprecio del otro. Pedaleó con fuerza pero cuando llegó a aquel tronco no había nadie. Miró a un lado y a otro y decidió sentarse en el mismo sitio, pero el chico que se sentaba en el parque no apareció, de hecho ningún día apareció y a partir de aquel momento el chico que montaba en bicicleta pasó a ser el chico que esperaba en el parque.
lunes, 12 de abril de 2010
Aprendiendo a mirar
Con la segunda copa de vino sobre la mesa, la cabeza empieza a bailar a ritmo de vals y sin más empieza a pensar en lo fácil que es conseguir eso que todo el mundo dice buscar. Sólo hay que ser capaz de darle la vuelta a las pequeñas cosas que se acontecen en el día a día. Si llueve regodéate en la belleza de la nostalgia detrás de un ventanal, enciende un cigarrillo y sigue el compás de las gotas, siente su sonido y su humedad que relaja tu piel. Si hace sol puedes tumbarte en el césped de cualquier parque, encender el iPod, observar a los extraños desde detrás de tus gafas de sol, imaginar como son sus vidas y dejar que la luz te penetre por los poros.
Si abres el frigorífico y está lleno, date el gustazo de prepararte un buen desayuno, o cocina platos imaginativos para compartir con tus amigos sintiéndote un nuevo Ferrán Adriá; si por el contrario está vacio, habrá que alegrarse porque a aquellos kilillos de los que siempre te andas quejando y que te traen por la calle de la amargura desde que tienes uso de razón, a lo mejor les ha llegado la hora de la verdad.
Los atascos, a priori, pueden parecer un infierno, un sin fin de minutos perdidos, a veces horas, una espera que provoca que el animal que llevas dentro salga a la superficie con su mayor ansia asesina. Pero, y si de repente suena en la radio una canción que nunca habías oído, que te hace descubrir un nuevo grupo que te acompañará para siempre, o si en tu pesar, observas que en el coche de al lado un chico de sonrisa maravillosa te mira con cierto rubor, entonces la espera dejará de ser etarna y pasará a parecerte breve.
Y como éstas, mil cosas más, sólo hay que desear que no aparezca en tu vida uno de esos acontecimientos a los que no se les puede dar la vuelta, uno de esos en los que mires por donde mires, el lado bueno no aparece y sólo puedes sumirte en el dolor más profundo... Aunque a veces hasta eso tiene una connotación positiva, por muy difícil que sea llegar a ella, descubrir que en casi todas las cosas cotidianas y pequeñas de la vida, en todos esos momentos que pueden parecer insustanciales, está la felicidad, sólo tienes que aprender a mirar.
Si abres el frigorífico y está lleno, date el gustazo de prepararte un buen desayuno, o cocina platos imaginativos para compartir con tus amigos sintiéndote un nuevo Ferrán Adriá; si por el contrario está vacio, habrá que alegrarse porque a aquellos kilillos de los que siempre te andas quejando y que te traen por la calle de la amargura desde que tienes uso de razón, a lo mejor les ha llegado la hora de la verdad.
Los atascos, a priori, pueden parecer un infierno, un sin fin de minutos perdidos, a veces horas, una espera que provoca que el animal que llevas dentro salga a la superficie con su mayor ansia asesina. Pero, y si de repente suena en la radio una canción que nunca habías oído, que te hace descubrir un nuevo grupo que te acompañará para siempre, o si en tu pesar, observas que en el coche de al lado un chico de sonrisa maravillosa te mira con cierto rubor, entonces la espera dejará de ser etarna y pasará a parecerte breve.
Y como éstas, mil cosas más, sólo hay que desear que no aparezca en tu vida uno de esos acontecimientos a los que no se les puede dar la vuelta, uno de esos en los que mires por donde mires, el lado bueno no aparece y sólo puedes sumirte en el dolor más profundo... Aunque a veces hasta eso tiene una connotación positiva, por muy difícil que sea llegar a ella, descubrir que en casi todas las cosas cotidianas y pequeñas de la vida, en todos esos momentos que pueden parecer insustanciales, está la felicidad, sólo tienes que aprender a mirar.
miércoles, 7 de abril de 2010
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